FOTOCINEMA. Revista científica de cine y fotografía, No 15 (2017)

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SEXO Y EROTISMO EN EL CINE:

LO QUE HA LLOVIDO DESDE EL BESO

 

SEX AND EROTICISM IN CINEMA:

MUCH HAS HAPPENED SINCE THE KISS

 

Francisco García Gómez

Universidad de Málaga, España

fjgarcia@uma.es

 

Resumen:

El cine ha mantenido una actitud ambivalente con la sexualidad humana. Desde sus orígenes, la moral y la censura han sido cortapisas con las que han tenido que lidiar los cineastas en todo tiempo y lugar para explorar la representación de un asunto tan esencial en la vida humana. Más allá del acto sexual, cuya visualización estuvo durante décadas ligada al clandestino ámbito de la pornografía, los realizadores han tratado de sortear esos obstáculos recurriendo al erotismo y, con él, al ingenio y la metáfora. Cuando se repasa la centenaria historia del cine, queda claro que el sentido de lo erótico ha sufrido cambios. Tampoco pueden obviarse las distinciones en función de los géneros y de las variadas orientaciones sexuales, muchas de las cuales han debido permanecer ocultas durante demasiado tiempo. Ni las diferencias socioculturales a la hora de plasmar una cuestión que por otro lado une a toda la humanidad.

 

 

 

Abstract:

The film industry has maintained an ambivalent attitude to human sexuality. From its origins, morality and censorship have been hindrance to those filmmakers who wanted to explore such an essential issue in human life. Far beyond the sexual act, whose display was for decades linked to clandestine field of pornography, the filmmakers have tried to circumvent these obstacles with ingenuity and visual metaphor. When the centennial history of cinema is reviewed, it is clear that the sense of the erotic has undergone changes. They also can’t be ignored distinctions based on gender and various sexual orientations, many of which have had to remain hidden for too long. Neither sociocultural differences when translating a matter that otherwise unites all mankind.

 

 

 

Palabras claves: cine; sexo; erotismo; pornografía; censura.

 

Key Words: Cinema; Sex; Eroticism; Pornography; Censorship.

 

 

Cómo citar: García Gómez, F. (2017). “Sexo y erotismo en el cine: lo que ha llovido desde El beso”. Fotocinema. Revista científica de cine y fotografía, nº 15, pp. 5-11. Disponible: http://www.revistafotocinema.com/

 

 

En 1896, los Estudios Edison filmaron el primer plano de un beso en The Kiss (William Heise), desencadenando un gran escándalo en la sociedad americana de finales del XIX; en cambio, hoy en día esa imagen nos resulta muy poco erótica, incluso diríamos que más bien casta. En 2006, el también estadounidense John Cameron Mitchell estrenó en salas comerciales Shortbus, en la que visualizaba, entrando en el terreno de la pornografía, un variado repertorio de prácticas sexuales para todos los gustos (onanismo, parejas, tríos, orgías, heterosexualidad, homosexualidad, lesbianismo…), y prácticamente nadie dijo nada. Está claro que, en esos 110 años algo —y mucho— ha pasado, tanto en el cine como, sobre todo, en la sociedad.

Desde sus comienzos, el cine ha mantenido una actitud muy ambivalente con la sexualidad humana. Conceptos como la moral y mecanismos como la censura, encargados del control de las mentalidades y de las imágenes, han sido auténticas losas creativas que han sufrido los cineastas en todo tiempo y lugar para explorar y explotar la representación de un asunto, por otro lado, tan cotidiano en la vida humana. De ahí que los realizadores se hayan visto obligados a sortear todos estos obstáculos recurriendo al erotismo y, con él, al ingenio, la metáfora y la sinécdoque visual. Si entendemos el erotismo como el conjunto de formas (más o menos sutiles, más o menos explícitas) de incitación al deseo sexual, encontraremos que el cine desde sus orígenes ha ido construyendo alrededor del sexo y su representación un rico repertorio icónico lleno de soluciones imaginativas. Quizás el asunto central de la representación erótica y sexual haya sido el juego (obligado o voluntario) con lo que se visibiliza y con lo que no se visibiliza, con lo que se puede o se quiere mostrar y con lo que no se puede o no se quiere enseñar. Aunque siempre el punto de inflexión suele ser la desaparición (o relajación) de la censura —censura que hoy en día sigue implícita, sobre todo en la amplia variedad de conceptos ligados a lo políticamente correcto—: mientras aquella existe, el cineasta lucha por querer mostrar, mientras que desde el momento en que esta ya no tiene tanto poder o desaparece, ya puede elegir entre visualizar o no.

Sin sexo, la vida no sería posible, aunque no necesariamente va ligado a la procreación. Por otro lado, el erotismo implica un elemento de refinamiento, de sofisticación: es sobre todo una creación cultural, y de ahí las diferencias en el modo de entenderlo entre diferentes civilizaciones y épocas. Aunque, en principio, sexo y erotismo constituyen fuentes de placer, también han sido recurrentes y poderosas armas de dominación; y aunque el sexo es uno de los instintos más naturales de la humanidad, ha sido sistemáticamente desnaturalizado, reglado y hasta prohibido más allá de su función reproductora (sobre todo, aunque no solo, por algunas religiones, en especial las monoteístas). Por supuesto, basta que algo sea prohibido para excitar la imaginación sobre cómo degustar los placeres ocultos. En suma, con ellos el ser humano ha dado lo mejor y lo peor de sí.

Y entre medias, casi siempre aparece un concepto que, cuando va ligado al sexo y al erotismo, suele actuar metafóricamente, incluso llevar a confusión: el amor. La RAE solo en su cuarta acepción lo define como “Tendencia a la unión sexual”. Pero fue un hombre de cine, Groucho Marx, quien expuso con mayor claridad la ambivalencia de este eufemismo: “¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?”. Todo ello es así desde la Antigüedad hasta nuestros días, y en lo esencial no hemos cambiado tanto.

Evidentemente, cuando se repasa la centenaria (122 años) historia del cine y el audiovisual, es evidente que los sentidos del sexo, de lo erótico y del amor han sufrido cambios, crisis y mutaciones, algunas ciertamente considerables. El cine ha sido un testigo privilegiado de esas vertiginosas transformaciones en las mentalidades, personificadas en las tenaces luchas contra las censuras. Quizás la tijera venga a erigirse en la mejor metáfora del erotismo cinematográfico. Por un lado, tenemos las tijeras de los censores, siempre dispuestos a cortar lo máximo posible lo ligado al sexo (los censores suelen tener la mirada sucia, incluso viendo obsesivamente más de lo que hay), con frecuencia sustituyéndolo por el enaltecimiento del concepto del amor romántico, de lo que el melodrama clásico sería el mejor exponente, un cine con mucho amor pero absolutamente casto, sin “nada” de sexo[1]. Por otro lado, nos encontramos con la tijera de los creadores, deseosos durante mucho tiempo de cortar todo lo que tape la desnudez. Porque, sin duda, una de las claves en este asunto es la presencia de los cuerpos, su grado de desnudez, pese a que muchos desnudos pueden ser menos eróticos que otros cuerpos vestidos, pues el erotismo juega normalmente con lo que se oculta, con lo que se sugiere eficazmente.

Una de las primeras funciones de la fotografía, y después del cine, fue presentar el cuerpo como espectáculo, en su estado de naturaleza. Pero la imagen de la desnudez choca con la gazmoñería y la obliga a manifestarse. Dicho de otro modo, es el punto conflictivo entre la censura y la libertad de expresión cinematográfica (Lenne, 1998, p. 29).

En el fondo, reconozcámoslo, hay algo que está omnipresente en relación con la representación fílmica del erotismo, de igual modo que lo está en las relaciones humanas referidas a lo erótico: el acto sexual, sobre el que todo gira, tanto cuando es eludido elípticamente (el habitual beso seguido de fundido en el cine clásico) como cuando es visualizado, ya sea simulado (cine erótico) o real (cine pornográfico, incidiéndose mediante el encuadre en la genitalidad). De hecho, su visualización estuvo durante décadas adscrita al ámbito clandestino de la pornografía, existente desde el cine primitivo.

No pueden obviarse las distinciones en función de las variadas orientaciones sexuales, muchas de las cuales han debido permanecer ocultas durante excesivo tiempo: el mundo LGTBI solo hasta hace pocas décadas ha podido mostrarse con naturalidad, más allá de la condena, el oprobio o el escarnio. Ni, por supuesto, la distinción genérica, otro de los puntos clave desde el momento en que ha solido primar abrumadoramente la visión masculina sobre la femenina en este asunto, igual que en tantos otros: en algunos ejemplos del cine contemporáneo hay interesantes reflexiones sobre identidades genéricas respecto a la sexualidad. Por último, tenemos las diferencias socioculturales y temporales a la hora de plasmar una cuestión que, por otro lado, une a toda la humanidad. Igual que en casi todas las culturas la sexualidad está ligada al ámbito de lo privado, lo que ha hecho que casi siempre su representación en un ámbito público como el cine condujera a problemas con los censores.

En suma, puede asegurarse que, en gustos sexuales y eróticos, no hay nada escrito, de lo cual el cine ha dado siempre rendida cuenta, pues en última instancia es la mirada subjetiva de cada espectador la que determina el grado de erotismo de la imagen, produciendo un buen ejemplo de retroalimentación tanto psicológica como sociológica. Por este motivo, el número monográfico que ahora presentamos ha pretendido dar cabida a variados gustos, tanto temáticos como metodológicos, sobre la presencia del sexo y el erotismo en el cine.

Iniciamos el número con el artículo de Gonzalo Pavés, en el que analiza con minuciosidad la intensa relación entre sexo y comida presente en la filmografía de Bigas Luna, un autor que en toda su obra se mostró como un contumaz erotómano y gastrónomo. El de Emilio C. García Fernández y Aída Cordero Domínguez se centra en el erotismo en el cine de terror español de los años 60 y 70, constituyendo también una reivindicación de un género injustamente despreciado por la historiografía, y que basó su éxito en la conjunción de carne y sangre. Antoni Maestre Brotons inicia una serie de artículos que focalizan su interés en las identidades genéricas, en su caso con la recreación que de la sexualidad senil de dos mitos tan “masculinos” como Casanova y Drácula efectúa Albert Serra en Historia de mi muerte (Història de la meva mort, 2013). Laura Antón indaga en clave psicoanalítica sobre la identidad femenina en el cine fantástico, a través del encuentro de la mujer con el monstruo. Gustavo Blázquez nos sumerge en el universo LGTBI a través del cine argentino de los 80 (recién salido de la dictadura y que vivió un breve período de “destape”), presentando una serie de películas en las que se contraponen una mirada romántica sobre la homosexualidad masculina, con historias ante todo de amor, frente a un sensacionalismo reaccionario a la hora de tratar el lesbianismo, ambientado en espacios cerrados como cárceles o internados. Jacinto García Bobo estudia las conexiones entre la novela Plataforma (2001), de Michel Houellebecq, y el filme 9 Songs (Michael Winterbottom, 2004), inspirado en el modo en que el escritor francés entiende el erotismo y que, al igual que la citada Shortbus, llamó la atención por la explicitud de sus escenas sexuales, lindantes en ocasiones con el porno.

Precisamente los tres siguientes artículos están dedicados al cine pornográfico, uno de los que ha sufrido mayores cambios en su producción, distribución y exhibición a partir de la revolución digital. Álex Mendíbil Blanco, Francisco García García y Mª Luisa García Guardia ofrecen un interesante estudio de la narratología del porno, centrado justo en las escenas sexuales —lo esencial en un cine en el que el resto no es más que relleno—, y ejemplificado en el análisis de la mítica Tras la puerta verde (Behind the Green Door, Artie y James Mitchell, 1972). Precisamente el “relleno” del díptico de Michael Ninn, Latex (1995) y Shock (1996), es lo que estudia David Fuentefría Rodríguez, extrayendo una sugestiva lectura de la clave fantástico-política que singulariza la obra de uno de los directores más creativos de un género en el que parece que ya está todo inventado. Por último, Antonio Santos analiza la extravagante cinta japonesa Hentai kazoku (Suo Masayuki, 1983), un ejemplo del Roman poruno (cine erótico nipón de los 70 y 80, menos explícito pero con más perversidades que el occidental) que tiene la particularidad de presentarse formal y narrativamente como un homenaje paródico al singular estilo de Yasujiro Ozu.

En suma, una amplia variedad de asuntos que, en el fondo, solo son una diminuta parte de las ingentes posibilidades que ofrece un tema tan sugestivo como el del erotismo cinematográfico. Porque, sin duda, el audiovisual es la manifestación artística que, gracias a su enorme impresión de realidad, más ha conseguido que sus imágenes se conviertan en auténtico objeto de deseo para el público. Es la fascinación erótica de las pantallas, con las que los espectadores más de una vez hemos deseado fundirnos e, incluso, ser abducidos placenteramente...

 

Referencias bibliográficas

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[1] Por contraste frente a esta castidad en la representación fílmica, las estrellas de Hollywood destacaron desde siempre por su desenfrenada vida sexual, como dan buena cuenta —con más o menos mistificaciones— Anger (1994 y 1996) y Bowers (2013).

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